Siempre hemos tenido a nuestro alcance la receta mágica para reducir la prima de riesgo, pero nunca hemos querido aplicarla. Todos nosotros, cada uno en función de sus posibilidades. Pero ello pasa por mejorar la eficiencia justamente de lo que no son las empresas, ya que las empresas son eficientes por instinto de conservación (o deberían de serlo).
La eficiencia a mejorar es la del servicio público del que somos usuarios. Y aunque está claro que quien más puede hacer por la eficiencia de un servicio público es el servidor público a cuyo cargo se presta (al que solemos denominar funcionario), también una parte de la responsabilidad es nuestra, facilitando que nos presten el servicio, sólo cuando es necesario y en las mejores condiciones para que el costo sea el menor. Y, legitimados por nuestra eficaz actuación como administrados, podemos Y DEBEMOS exigir a los administradores la mayor de las eficiencias en su desempeño.
Y al juez que sentencia, le debemos exigir el mayor rigor y la mayor fidelidad a la ley. Y de ser posible, que las sentencias no sean percibidas por el ciudadano como una ruleta rusa en la que ora se defiende una postura, ora otra. Se puede tener distintos criterios, pero si el ciudadano percibe la justicia como un rompecabezas y no como un servicio público hay un desempeño ineficaz por estos servidores.
Igualmente ocurre con la medicina, la enseñanza, etc. El fin debe ser el servicio al ciudadano y no la servidumbre del administrado que se siente constreñido por un aparato burocrático que paga y que en lugar de ayudarle, le limita y encorseta.
Los funcionarios deben funcionar y los ciudadanos debemos exigir, pero sólo lo que es justo pedir. Y cuanto antes lo consigamos, antes seremos un pais líder. Y si ese liderazgo pasa por destituir determinados cargos, sean estos cuales fueran, que así sea. Los partidos, sindicatos y otras estructuras del poder han creado una aristocracia del poder a la manera absolutista y se han desligado mayoritariamente de los ciudadanos. Y aunque a veces se confiesen servidores de la ciudadanía, en cuanto se investiga un poco vemos que todo es una mera pose para hacernos creer que les importa algo la legalidad y el respeto al pueblo del que emana su poder.
Cuando realmente los políticos (y con ellos el resto de funcionarios públicos) antepongan el servicio al ciudadano a servirse del ciudadano veremos marcharse con viento fresco a la prima de riesgo. Como en los países civilizados, donde una sospecha de corrupción es suficiente para erradicar a un servidor público ineficaz (o incluso del que sólo se sospecha su ineficacia).
Y esto no es todo, querid@s herman@s, pero aqui acaba por hoy.
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